Los atardeceres de noviembre tienen algo mágico en este nuestro país inventado, El Salvador. El día de ayer cuando regresaba a Guatemala de El Salvador, mientras estaba sentado en la acera esperando por el bus, escuché el gorjeo de las palomas de castilla y pareció que la tarde se detuvo por un instante. El gorjeo me evocaba dos recuerdos no tan claros. Uno es el de la iglesia de Don Rúa y el otro el de las tarde que eventualmente pasé a solas en el colegio donde estudié. De los dos, mi recuerdo del colegio es el mas intenso, esa tarde se tradujo en una sensación de especial regocijo, fue el recuerdo de la tranquilidad y la seguridad que sentía en mi infancia, una seguridad que únicamente lograba cuando estaba solo.
Ese gorjear y la tibia brisa de la tarde de San Salvador me ubicó en tiempos pasados y definitivamente me desubicó del presente. En la terminal de buses donde estaba, afuera de un hotel, en la San Benito, había un grupo de adolescentes, todos de tez muy blanca, rubios o con pelos castaños, usando ropas de moda y en un carro cuatro por cuatro, de un año muy reciente, pero curiosamente, con un acento muy salvadoreño. Ese cuadro me hizo ser consciente de mi clase, de haber visto esos grupos de gente en mi infancia y haberme sentido lejano a ellos, perteneciente a una historia de la que ambos éramos ajenos. Y reconocí algo en El Salvador que solo había reconocido en Guatemala, la diferencia de clase va con la piel, el color de ojos y los apellidos extranjeros. También reconocí que yo no era ajeno a esa división de clases, que yo tenía un puesto dentro de ella, aunque eso no fuese suficiente para definirme como persona.
Pero nuevamente, el canto de las palomas de castilla y la tibieza de la tarde, la luz a través de los árboles me recordaron que ésta era mi casa, mi infancia, mi origen. El bus partió, recogió la gama de acentos, apariencias y clases y recorrió nuestro territorio, bañado de risas, injusticias, caricias, sangre, en fin una historia intensa. Los atardeceres de noviembre tienen algo mágico en este país inventado. Los cañales en flor, la luz que se filtra tibia y refrescante, los cielos despejados, las nubes y los atardeceres suelen ser dramáticos y románticos. El pensamiento bucólico de Alfredo Espino dominó por sobre el discurso de Dalton, ese paisaje me permitió abstraerme del mosaico social y de clases que me rodeaba y dejar que mi pulgarcito inventado se bañara de versos románticos.
Ese gorjear y la tibia brisa de la tarde de San Salvador me ubicó en tiempos pasados y definitivamente me desubicó del presente. En la terminal de buses donde estaba, afuera de un hotel, en la San Benito, había un grupo de adolescentes, todos de tez muy blanca, rubios o con pelos castaños, usando ropas de moda y en un carro cuatro por cuatro, de un año muy reciente, pero curiosamente, con un acento muy salvadoreño. Ese cuadro me hizo ser consciente de mi clase, de haber visto esos grupos de gente en mi infancia y haberme sentido lejano a ellos, perteneciente a una historia de la que ambos éramos ajenos. Y reconocí algo en El Salvador que solo había reconocido en Guatemala, la diferencia de clase va con la piel, el color de ojos y los apellidos extranjeros. También reconocí que yo no era ajeno a esa división de clases, que yo tenía un puesto dentro de ella, aunque eso no fuese suficiente para definirme como persona.
Pero nuevamente, el canto de las palomas de castilla y la tibieza de la tarde, la luz a través de los árboles me recordaron que ésta era mi casa, mi infancia, mi origen. El bus partió, recogió la gama de acentos, apariencias y clases y recorrió nuestro territorio, bañado de risas, injusticias, caricias, sangre, en fin una historia intensa. Los atardeceres de noviembre tienen algo mágico en este país inventado. Los cañales en flor, la luz que se filtra tibia y refrescante, los cielos despejados, las nubes y los atardeceres suelen ser dramáticos y románticos. El pensamiento bucólico de Alfredo Espino dominó por sobre el discurso de Dalton, ese paisaje me permitió abstraerme del mosaico social y de clases que me rodeaba y dejar que mi pulgarcito inventado se bañara de versos románticos.
1 commentaire:
Qué bonito! Cuando estaba en el colegio la diferencia de clases no se hacía sentir tanto, pienso yo. Aunque sí estaba presente. Cuando salí del cole uff...
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